lunes, 23 de septiembre de 2013
El desierto
"Despoblado, solo, inhabitado". Esa es la definición que da la RAE a "desierto".También "territorio arenoso o pedregoso". Pero desierto es mucho más que eso. Es imaginación, es color, es vida, es recuerdo, es epopeya, es tenacidad, es dolor y esperanza a la vez. Jodorowsky lo resume bien: "Un ciego, con su bastón blanco, en medio del desierto, llora sin poder encontrar su camino porque no hay obstáculos".
jueves, 12 de septiembre de 2013
Sentado frente a un personaje histórico
Entrevisté a muchas personas durante mi paso por El Mercurio de Antofagasta. Pero la conversación con Carlos Paez, sobreviviente de la tragedia de Los Andes, fue una de las que más recuerdo. No todos los días estás frente a un personaje histórico. Acá la entrevista que se publicó en mayo de 2008.
Rescate
Carlos Paez, sobreviviente de la tragedia de Los Andes:
"Para llegar a Dios, es mejor un mal piloto que un buen cura"
Los tres jóvenes caminan a duras
penas. Casi ni hablan. El frío, el cansancio y el hambre causan estragos. La Cordillera de Los Andes
a más de 4 mil metros de altura no entrega ningún tipo de concesiones.
Ya han pasado 24 días desde el
fatídico 13 de octubre en que el avión uruguayo se precipitó en la montaña con
45 ocupantes. Venían a jugar rugby a Chile pero el destino les jugó una mala
pasada. Los muertos suman 26 y la carrera contra la naturaleza, el tiempo y la
desesperanza no da tregua.
Tras un par de fallidas
expediciones en busca de la cola de la nave, donde está el equipaje, alimentos
y otros pertrechos, sale una nueva misión. Roy Harley, Antonio Vizintín y
Carlos Páez, “Carlitos”, el menor de todos los sobrevivientes, son los
elegidos.
“Garra celeste”
“No creo que lo logremos, me
duelen las piernas, no puedo avanzar más”, dice Harley. Llevan cojines
amarrados a los pies para sortear la espesura de la nieve. Pero no se trata de
eso, sino de agotamiento, físico, mental y espiritual.
“Vamos, tenemos que llegar,
¡arriba la garra celeste!”, anima “Carlitos” con sus escasos 18 años, mientras
piensa en su familia, en las cenas que su madre le prepara todos los viernes y
en que si se salva y tiene un hijo, se llamará Carlos, igual que él.
Tras dos días de dura caminata
encuentran parte del fuselaje. La puerta trasera del avión, dos cacharros de
aluminio y otro recipiente con residuos de café. Nada demasiado útil. Regresan
al campamento.
Semanas después se organiza una
nueva expedición. Los supervivientes ya llevan 60 días en la nieve,
alimentándose de sus compañeros muertos, abandonado por el mundo, pero con la
convicción de que saldrán adelante. Antonio Vizintín, Fernando Parrado, y
Roberto Canessa conforman el nuevo equipo.
Rescate
Después de 10 días de inclemente
e “inconsciente” caminata, el 21 de diciembre de 1972, el arriero chileno
Sergio Catalán los avistó. Parrado le lanza una piedra con una nota.
“Vengo de un avión que cayó en
las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo
herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido
de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van
a buscar a arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?”, dice el
papel arrugado.
Al otro día, helicópteros
chilenos llegan hasta el lugar del desastre y rescatan a los sobrevivientes de
la tragedia de Los Andes, “la historia de supervivencia más increíble de todos
los tiempos”, como dice “Carlitos”, 35 años y cinco meses después, sentado en
el lobby de un hotel de Antofagasta, hasta donde llegó para dictar una
conferencia motivacional.
Un “héroe”
¿Usted se considera un héroe, un
superviviente, un privilegiado de la vida….?
- Me considero un hombre común
al que le tocó vivir un hecho extraordinario, así de simple… te diría incluso
peor que un tipo común, porque era un consentido, un caprichoso. Tenía niñera
en esa época.
Pero aún así salió adelante…
-El ser humano tiene recursos
desconocidos y muchas veces el camino más fácil es no encontrarlos. Pero no
necesariamente hay que vivir Los Andes para darse cuenta que uno tienen
recursos desconocidos. Para mi fue una buena lección de vida.
¿Cómo fue la primera noche?
- La primera noche fue atroz,
gente muriéndose, temperaturas bajo cero, no teníamos ropa adecuada, estaba en
la cola del avión… En la
Cordillera de Los Andes tienes 25 grados bajo cero de día y
40 bajo cero durante la noche. No da tregua.
Usted era el menor de la
expedición, tenía apenas 18 años…
-Cuando yo veo a un chico de 18
años ahora no puedo creer a esa edad me tocó vivir esto, que sin duda es “la”
historia de supervivencia, no hay otra.
El día 10
Fueron 72 días en la cordillera.
¿Cuándo se dieron cuenta que esto iba para largo?
-Siempre tuvimos la esperanza de
que podría pasar algo al otro día, nuestra lucha fue día a día, pero en el día
10 nos enteramos por radio de que no nos buscan más, lo que fue una buena cosa…
¿Cómo es eso?
-Aunque parezca mentira, fue una
buena noticia el tomar conciencia de que la respuesta estaba en nosotros
mismos. O sea, el dejar de esperar para comenzar a actuar. Hasta ese momento
fuimos sobrevivientes, que es el que se mantiene con vida esperando que lo
vengan a rescatar, pero de ahí en adelante nos convertimos en otra cosa...
Su libro se llama “Después del
día diez”…
- Sí, porque ese día cambia la
historia y cambia a raíz de una mala noticia que nosotros transformamos en
oportunidad.
¿Estaban todos sus compañeros
con esa disposición o a esa altura ya había algunos resignados, entregados a lo
que viniera?
- Había de todo, pero el grupo
al final es lo que prevalece. Yo mismo me entregué muchas veces, pero el grupo
te levanta. En grupo el dolor es menos dolor y la alegría es más alegría.
¿Cómo era el día a día, de qué
conversaban…?
- Una de las cosas que yo más
aporté al grupo fue el sentido del humor, que es difícil, pero muy importante.
Si tú ves el personaje que hace de mí en la película “Viven”, siempre está en
un plano de buena onda. Hablábamos permanentemente de restonares…
¿Y porqué de restoranes?
- Era una especie de masoquismo,
era rarísimo, era una obsesión. Venía uno y decía “yo estuve en tal restauran
donde se comía capelleti” y después venía otro y así…tenemos anotados 120
restaurantes con los platos de cada uno.
Y en qué momento se acordaban de
la familia, de los amigos, las novias...?
- Hasta el día diez fue
permanente, después cuando nos enteramos de que no nos buscaban más, ya no
había espacio para la familia. Había espacio para salir de ahí con el objetivo
familiar, pero no el lamento permanente. Yo mismo escribí el 23 de octubre,
diez días después del accidente, una carta a toda mi familia y creo que la idea
era olvidarme.
¿Algún instante imborrable?
- El momento del accidente lo
tengo grabado, cuando nos avisan que no nos buscan más también, porque insulté
como loco, y después la avalancha a los 16 días, que fue espantoso, porque ahí
perdí a mis dos mejores amigos. Y ni que hablar cuando nos rescataron, que fue
el momento más lindo de mi vida.
Cumpleaños
Usted celebró su cumpleaños
durante la avalancha (31 de octubre) bajo la nieve...
- Mis compañeros me preguntaban
“Carlitos, cómo pueds festejar, si han muerto ocho personas y estamos
enterrados en la nieve”. Yo decía que mientras estemos con vida vale la pena
celebrar las cosas.
¿Se sintió olvidado?
Claro, cuando nos enteramos que
no nos buscan más. No podía entender que el mundo siguiera andando. Es el
primer garrotazo a la arrogancia. Fue una de las cosas que más me molestó, pero
también nos mostró que la solución estaba en nosotros. También ayudó mucho la
inconciencia de la juventud…
¿Por qué inconciencia?
- Hicimos cosas increíbles
porque no teníamos la conciencia alguna, como la caminata de Parrado y Canesa.
Treinta ycinco años después National Geographics contrató alpinistas y
demoraron el mismo tiempo. Y estos no tenían nada, sólo zapatos de rugby.
Antropofagia
Mucho se ha hablado de la
antropofagia que practicaron. ¿Es un tema para usted, lo recuerda en la
intimidad o sólo cuando se lo preguntan?
- Todos los temas son
importantes, pero no más que otros. La sed, el frío y el hambre fueron
importantes. Pero, claro, cuando se dio el caso nuestro no había una historia
anterior. Si lo mismo ocurriera ahora, ya existe una referencia de lo que se puede
hacer para sobrevivir. Una vez que la sociedad lo entendió, y además el Papa
Pablo VI nos mandó una carta de puño y letra, pasó a ser un tema más.
¿En qué momento deciden hacerlo?
- A los 10 días. Es una idea que
empieza a surgir en todos al mismo tiempo, pero nadie se animaba a compartirla,
porque teníamos la esperanza de que nos encontraran. Pero en el momento en que
nos enteramos que no nos buscan más, ese día se precipitan los acontecimientos.
¿Es un tema cerrado?
- Nos pasamos 10 días sin comer
absolutamente nada, entonces si me dices si cambiaría algo de Los Andes, te
respondo que nunca hubiera esperado los 10 días. Hubiese empezado antes.
Dios
¿Se enojó con Dios?
- Me enojé con la avalancha,
porque era como que Dios nos daba la espalda. Era el accidente, que no nos
buscan más, tomar la decisión de alimentarnos de nuestros compañeros muertos y
además la avalancha, era un poco mucho.
¿La percepción de Dios que usted
tiene debe ser muy distinta al común de las personas?
- Absolutamente. En el principio
de la película “Viven” John Malkovich, que hace el papel mío, dice que una cosa
es el Dios que te enseñan en el colegio y otra cosa es el Dios que conoce en
Los Andes. Eso lo escribí yo. Una vez le dije a un obispo “para llegar a Dios,
es mejor un mal piloto que un buen cura”.
¿Cómo recuerda el 22 de
diciembre?
- Me acabas de decir 22 de
diciembre y se me eriza la piel (muestra su brazo), porque lo veo como el día
más lindo de mi vida. Por eso tengo un corazón muy chileno, porque de alguna
manera esa llegada de los helicópteros, esa alegría… es muy difícil de
describir, fue como nacer de nuevo. Era el final de la historia, el final del
dolor, pero por sobre todas las cosas era el principio de la libertad, el
volver a casa…
¿Cómo cree que sería su vida actualmente
si no hubiera ocurrido la tragedia?
- La
verdad es que sería un gran pelotudo, porque no me hubiera dado cuenta por
dónde es el camino. Fue el garrotazo que yo precisaba para darme cuenta. A
veces tener padres que todo te lo permiten conspira en tu contra. Yo perdí a
mis mejores amigos, pero es una historia que me ayudó.
martes, 10 de septiembre de 2013
C'est la vie...
Imaginé mil cosas a su lado. Imaginé paseos bajo los árboles tomando un helado, la brisa en la cara, el sol amable. Imaginé viajes, fogatas en la playa y destinos exóticos. Ella y yo. Imaginé un entretenido matrimonio, lindos hijos y años de felicidad. Me había enamorado. Un amor violento. Era alta, delgada, alternativa, desfachatada, atractiva, inteligente. Imaginé mil cosas junto a ella. Imaginé tantas cosas que no me di cuenta cuando se bajó del metro. Fue amor de una estación.
(Esto es viejo, lo escribí en el teléfono hace 671 días, el 09.11.2011, a las 12:23 horas. Claramente iba en el metro. Lo copio acá porque está en el celular que doy de baja).
(Esto es viejo, lo escribí en el teléfono hace 671 días, el 09.11.2011, a las 12:23 horas. Claramente iba en el metro. Lo copio acá porque está en el celular que doy de baja).
La jaqueca cobarde
La jaqueca es cobarde. Se asoma muy lentamente. No quiere que la descubran. Primero lanza una suerte de avanzada. Sientes una pequeña molestia, casi imperceptible, en la cuenca del ojo. Te engaña, porque piensas que es falta de sueño, una rabia pasajera o que el problema es tu ojo. ¿Me estaré quedando corto de vista?
La incipiente migraña, cuando encuentra terreno fértil, avanza firme. Deja caer todo su peso, su desagradable presencia. Entrecierras el ojo. Sólo así puedes enfocar mejor. Ya desatada, te golpea, te machaca un sólo punto de la cabeza. Generalmente cerca de un ojo. Saca su aguja y la hunde con fuerza en tu cráneo, penetrando con eficacia y eficiencia. Hasta el fondo. El dolor es focalizado, pero el malestar se generaliza. Tiene sus armas la migraña. Si ataca con fuerza te molesta la luz, los ruidos, te late la cabeza y hasta te genera malestar estomacal. Uno llega a odiar a la jaqueca. Pero, como en muchas cosas, es compañera de toda la vida. Mejor que pelear con ella, es acostumbrarse y aprender a sobrellevarla. Un par de pastillitas y se calma hasta que se aburre y vuelve a aparecer.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Por qué no me gustan las motos...
No me gustan las motos porque uno se cae. Pfffffff. Malísima respuesta considerando que en bicicleta me he caído muchas veces y, lo más probable, es que me siga cayendo. Pero es diferente. Adrenalina, más control, motor humano, esfuerzo al límite...qué se yo, pero prefiero la bicicleta.
Y lo más simpático es que la única vez que me caí en moto iba en una máquina ratona, scooter china, como a 40 km/hr. Pero la caída fue suficiente para asustarme. Quizás porque iba con mi hermana detrás mío.
Para quien nos haya visto, debe haber sido comiquísimo. Ibamos por una calle en Antofagasta y debíamos doblar en una esquina. Era una esquina amplia, generosa, nada mezquina. En resumen, doblar era muy fácil. Comienzo a tomar la curva, había gravilla suelta y la maldita rueda enana de la moto china no se agarra nunca al asfalto. Nos vamos de lado y cada uno cae como puede. Estiro el brazo izquierdo para amortiguar el golpe. Siento las piedrecillas rasgar mi piel. La moto cayó sobre mi pierna. Pero no me dolió.
Como puedo me paro para ver qué pasaba con mi hermana. Creo que ella cayó arriba mío. Nos sacamos los cascos, nos miramos y juajajajajajajaja..... Nos reímos mucho.
- Estás bien?
- Sí... y tú?
- También.
Recogimos la moto y reanudamos rumbo a casa. Llegamos a curarnos. Ella es médico veterinaria, así que no tuvo problemas en atenderme.
Dos horas antes de la caída.
- Alexis, tú sabes manejar motos, cierto. Tengo que ir a buscar la moto que me compré al centro y no quiero ir sola.
- Alexis, tú sabes manejar motos, cierto. Tengo que ir a buscar la moto que me compré al centro y no quiero ir sola.
- Obvio que sé manejar motos, además el scooter es más fácil, sólo aceleras y frenas. Andar en bicicleta es más difícil que eso.
- Ya, entonces tú manejas.
- Claro, tranquila.
Y así fue como le tomé miedo a las motos y como la flamante máquina de mi hermana llegó rayada a casa en su estreno. Ella siguió andando en moto, yo no. "Como dicen por ahí, hay dos tipos de motociclistas, los que se caen y nunca más se suben a la moto y los que se caen y vuelve a subirse", filosofó ella. Yo, claramente, pertenezco al primer grupo.
jueves, 15 de agosto de 2013
Esos locos de las bicis...
Este video resume muy bien, de manera excelente a decir verdad, lo que ocurre con aquellos que se apasionan con el mountainbike. Yo conozco a varios.
jueves, 8 de agosto de 2013
Víctor Molina...el papá
Domingo 8 de agosto de 1993. 10 de la mañana.
"Ya pues, apúrense, van a llegar atrasados a la iglesia", grita el papá desde su habitación, ubicada al final de un largo pasillo de la casa de Calama. Es una casa grande, luminosa. Desde su cama se ve el río Loa y las ovejas que salen a pastar.
Esa fue la última vez que escuché la voz de Víctor Arnoldo Molina Olivera, mi papá. Tenía 46 años. Era alto, delgado, lampiño, moreno, hombros flacos, simpático, con sentido social, bueno para el fútbol, trabajólico, maestro chasquilla, mecánico frustrado, inventor de cosas sin utilidad, preocupado del buen vestir, inteligente, ácido cuando quería, a veces burlón, motivador, creador de aventuras, ciego para los riesgos, ocasional carpintero, dueño de un respetable saque en el tenis, predicador en los últimos años, propietario de una letra pequeña y una firma difícil de imitar, amante de la música, no fumaba ni tomaba, bueno para manejar, músico sin futuro, conversador, generoso, amigo de mis amigos, obsesivo con los números y listas. Era eso y mucho más.
Tenía 46 años cuando una anemia aguda se lo llevó. Eso dice el certificado de defunción. Pero la historia es más larga. Murió como consecuencia de un cáncer pulmonar. Luchó casi 3 años. Estaba cansado. Ya no tenía fuerzas.
Esa mañana fuimos a la Escuela Dominical en la Segunda Iglesia Bautista de Calama. Algo obligados, como siempre. La doctrina del papá al respecto era simple y efectiva: "Tienen todos los permisos para salir, pero el domingo van a la iglesia". Yo tenía 17 años. El costo no era tan alto.
La casa quedaba en las afueras de Calama. Llegamos de regreso cerca de las 13:30 horas. Juanita, la entrañable persona que ayudaba a mamá en las labores domésticas, nos recibe llorando. "Se llevaron a Don Víctor al hospital". Papá se estaba bañando y comenzó a perder mucha sangre por donde tenía uno de los tumores.
Mamá parte al hospital. Los hermanos no entendemos mucho. Denisse llama a un amigo para que la lleve al hospital. Yo me quedó en casa con Tania. Nos miramos. Ninguno entiende mucho qué pasa. Aguardamos en silencio. Al rato llega el telefonazo. Papá había muerto en la ambulancia cuando iba camino al hospital.
Me siento en el apoya brazos de un sillón grande, de tres cuerpos, que muchos años después regalé a Remar. Apoyo los codos en los muslos, la cara en las manos y me largo a llorar. Sabía que la muerte de mi papá era una posibilidad. Después de 3 años de pelea con el cáncer, sería iluso no considerarlo. Pero siempre, muy en el fondo, pensé que el milagro llegaría. Las horas siguientes son confusas. No las recuerdo mucho.
Lunes 9 agosto.
Estamos en la iglesia velando al papá. Era muy querido. Mucha gente llega. Y como familia debemos estar ahí. Eso nunca lo he entendido, ni siquiera ahora. Por qué un deudo debe hacerlas de anfitrión y saludar, besar y abrazar a decenas de personas que no conoce. Es agotador. Mucho. Demasiado.
Llegan los compañeros de curso. El saludo de rigor. Recuerdo que estaba tranquilo. No lloraba. Sólo miraba. En las iglesias evangélicas se canta en los servicios (misas o velorios en la jerga católica apostólica romana). Los compañeros del colegio católico no entendían mucho. Después me entero que muchos pensaban que estaba dopado o algo así por lo tranquilo que estaba.
Hay que sacar el cajón porque el entierro será en Antofagasta. Eso lo recuerdo claramente. Era muy pesado. Entre ocho personas lo sacamos. Yo no quería. No tenía ganas. No encontraba necesario participar de ese rito. No me gustan los ritos. Y los adultos, sin entender mucho qué pasaba por la mente de una persona de 17 años, me "animan", me obligan a hacerlo. Tomo el asa y es muy pesado el cajón. Debo hacerlo con las dos manos.
Antes de partir se me acerca un tipo, no sé quién era, de unos 50 años. Me toma de los hombros, me mira y me dice: "Ahora tú eres el hombre de la familia, en tus hombros está la responsabilidad de cuidar a tu mamá y hermanas". Yo escucho y asiento.
Martes 10 de agosto. Antofagasta.
Víctor Molina era muy conocido. Por su trabajo, por su talento para el fútbol, por la iglesia. En fin. Vamos camino al Cementerio Parque San Cristóbal de Antofagasta. Vamos en el auto por la costanera. Miro hacia atrás y veo decenas y decenas de vehículos en el cortejo. Hasta un camión. El cementerio está lleno. Mamá vestía un abrigo rojo. Después la criticarían por ello. Yo usaba un terno de papá y una corbata roja.
Palabras de rigor, despedida de rigor, oración de rigor y muchos abrazos, besos y saludos. A esa altura estaba cansado. Mamá también. Mis hermanas igual. El evento social en que se transforma un funeral ya estaba terminando.
Miércoles 11 agosto. Calama.
Estoy en mi pieza en la casa de Calama. Fui al colegio. Estoy tendido con uniforme. Pantalón gris, camisa blanca, corbata y chaleco verde. La noche cae. La luz de mi dormitorio está apagada. Miro el techo y pienso en todo lo que viene. Es agosto. En diciembre rindo la PAA. Con papá habíamos acordado que iría a estudiar Derecho a Santiago. Qué será de nosotros, pensaba. Vivíamos en una casa que era de una empresa a la que ya no pertenecíamos.Todo era incertidumbre.
Y mamá entra. Creo que por primera vez en días hablo desde el corazón. Con miedo, le pregunto qué haremos, qué pasará con nosotros. Ella nunca trabajó. Me abraza y me dice que no me preocupe, que Dios nos cuida, que nunca nos faltará nada. Y así fue.
Hoy se cumplen 20 años desde la muerte del papá. Su voz ya no la recuerdo. Un par de veces creo haber soñado que converso con él, pero eso no alcanza a constituirse en recuerdos vívidos ni permanentes, son chispazos de algo que fue. A veces me río y lo que sale de mi garganta me recuerda a su risa. Pero es algo vago. Mi letra se parece a la de mamá. Trato de ver en mí qué tengo de Víctor Molina. Quizás la contextura física, pero creo que tengo más de mamá.
En estos 20 años el papá me ha hecho mucha falta. Sus consejos, acompañamiento, palabras y amistad. Sé que hubiéramos sido grandes amigos. Me faltó conversar con él. Conversar cosas de grandes. Conversar de la vida. Recuerdo que descubrí lo seco que era cuando estaba estudiando para Economía y no entendía nada. Me vio complicado y me preguntó qué pasaba. Le dije que no captaba, que todo lo que leía era chino mandarín para mí. Tomó el libro, revisó rápidamente el índice, "mmmmmm", y me explicó todo el libro en una hora. Fue una clase magistral. Lo que nunca le entendí al profesor en un semestre, mi papá me lo explicó en una hora. Y fue ahí cuando supe que mi padre era un tipo brillante.
Conservo grandes enseñanzas de vida de él, que sólo con los años entendí y comprendí. Siempre detesté que los fin de semana me tomara como su asistente personal para todo lo que se le ocurría. Todas nuestras casas tenía un taller. Creo que era lo único que le interesaba de una casa, que tuviera un taller, lo demás eran detalles que quedaban a cargo de la mamá. Con su taller de Calama, donde hasta cabía un auto, era feliz.
No sabía de mecánica, pero abría los motores y yo estaba toda la mañana pasándole herramientas cual arsenalero. Gracias a eso ahora no me asustan las herramientas. Lo mismo con las instalaciones eléctricas. Vamos cambiando enchufes, instalando lámparas, haciendo extensiones, arreglando planchas, lavadoras y aspiradoras. Notable fue cuando abrió su videograbadora Canon porque la pantalla titilaba y según él la arreglaría, pese a no saber nada de electrónica... cuando la cerró le sobraron decenas de piezas (qué hizo, fácil, se compró otra). Por eso no tengo drama en abrir y revisar. A veces resulta, a veces no. O cuando pasé todas mis vacaciones de invierno arriba de un techo porque se le ocurrió que había que cambiarlo y había que hacerlo con nuestras propias manos. Trabajé de 8 a 17 horas durante dos semanas. La paga fueron unos zapatos y unas zapatillas.
Eso quería demostrar. Que las cosas cuestan. Que nada es gratis. Que hay que esforzarse. Que todo se puede conseguir con voluntad y tenacidad. Cuando le decía que no podía, que no entendía, que no sabía...me respondía "si otros pueden, por qué tu no". Por eso me hacía cortar el pasto en la casa de Calama, que tenía un patio y jardín enorme, pese a que la empresa tenía una persona destinada para ello.
- Alexis, hay que cortar el pasto. Anda donde Don Raúl y dile que por favor te preste la máquina de cortar pasto y la orilladora.
Y allá partía yo. "Don Raúl, me podría prestar la máquina y la orilladora por favor, más rato se las traigo".
Tres horas demoraba en cortar todo. Mis amigos jugaban a la pelota y yo figuraba cortando el pasto. "Si puedes hacerlo tú, hazlo, aligerar la pega de los otros no es malo, Don Raúl ha estado toda la mañana en lo mismo, tú eres cabro, no te cansarás", me decía.
Cuando vivíamos en Antofagasta a comienzos de los 80, a papá le decían el "Pato Yáñez" del Curvo. Jugó en los clubes Libertad y Playa Blanca. Era bueno para la pelota. Habilidoso, inteligente para jugar, hacía goles y defendía bien. Un amigo de la familia siempre contaba la misma anécdota para graficar lo bueno que mi papá era para la pelotita. "Desde el fondo sale un centro largo, tu papá estaba defendiendo, comienza a correr de espaldas a la pelota y de repente tiene a los dos delanteros rivales presionándolo, también en busca de la pelota, uno a cada lado. Tu papá gira la cabeza, mira la pelota, vuelve a mirar adelante y acelera....y no preguntes cómo, de espaldas a la pelota, corre la cabeza justo en el momento preciso para que pase la pelota, la para, la domina y comienza a correr más rápido para que los delanteros aceleren. Y de la nada frena en seco, da la media vuelta, los tipos pasan de largo y sale jugando como si nada, con toda tranquilidad....nunca más vi una jugada como esa", relataba.
Y como buen pelotero (le gustaba Everton, nunca entendí por qué), pretendió que su único hijo hombre siguiera sus pasos. Yo nunca fui habilidoso para la pelota. Pero eso no le importó. Decía que con trabajo todo se consigue. Y recuerdo que en Talca, con 8 años, me llevaba a una cancha de pasto a entrenar. Todos los sábados. Pases, repeticiones, piques, centros, remates. Y así fue durante un tiempo. Dándose cuenta que la cosa no funcionaba mucho, que no había futuro, decidió que yo debía ser arquero. Y comenzó a entrenarme para ser portero. Penales, tiros libres, saltos, reflejos, voladas para allá y voladas para allá.
Me salvó la sabiduría materna.
- Víctor, no te das cuenta que a Alexis no le gusta el fútbol -le dijo un día la mamá.
- No sé, nunca me ha dicho nada.
- Te acompaña porque le gusta estar contigo, pero mírale la cara, no le gusta jugar fútbol, no se entretiene como tú.
- Ah.
Así terminó mi incipiente carrera futbolística. Pero el papá no se rindió conmigo, así que en cada ciudad donde vivíamos se buscaba un club amateur y me llevaba los fin de semanas a los partidos, a verlo jugar. Yo le lustraba los botines. Se los dejaba impeque. La paga era una empanada, bebida o cualquiera de las chucherías que venden en las canchas amateurs. La verdad nunca miré los partidos, me aburrían, pero siempre había algo que hacer para entretenerse por allí esperando que los 90 minutos llegaran a su fin. Igual él era feliz con mi "compañía".
Su gusto por la música es un legado en mi vida. Si me sé las canciones de la Nueva Ola, es por su culpa, por esos interminables viajes en auto en que sus cassettes sonaban una y otra vez. También The Beatles. Elvis Presley. Los Iracundos. Queen. De todo. Mucha música. Mucha. Todo el fin de semana sonaba su música. Equipos, parlantes, mezcladoras. Tenía de todo para disfrutar de lo que le gustaba.
Vivíamos en Tocopilla cuando papá se enfermó. Corría 1991. De tanto trabajo, se estresó. Se ahogaba, su cuerpo se paralizaba, sufría ataques de pánico. Varias veces lo trajimos de urgencia en ambulancia a Antofagasta. Llevaba muchos años a un ritmo endemoniado. Su refugio lo encontró en la iglesia. En Dios. Y decidió darse una pausa, descansar y renunció a su trabajo de 18 años. No hubo quién lo convenciera de seguir. Tenía 43 años. Cultivó un huerto en el jardín de la casa de Tocopilla (compró todo lo habido y por haber para que su huerto fuera lindo, productivo, multicolor...creo que esas "obsesiones" son una herencia). Dedicó horas y horas a la iglesia. Y se puso a maestrear como nunca.
De Calama le llegó una muy buena oferta laboral. Pero como no quería trabajar, puso muchas condiciones, algunas casi ridículas, para justificar su negativa. La empresa se las cumplió todas, así que la familia partió a Calama. No trabajó ni dos meses cuando le detectaron cáncer pulmonar. Tres años estuvo luchando. Decenas de viajes, quimioterapias, varias operaciones. Le sacaron un pulmón, pero porfiado como era igual se daba maña para salir a pedalear conmigo en Calama, a 2.800 metros de altura. Hubo una pausa, el cáncer estaba remitido. Fuimos muy felices en esos meses. Pero el cáncer volvió más agresivo que nunca.
Cansado de tanto viaje y tratamiento, decidió dejar todo de lado y esperar en Dios. Un milagro. O que se cumpliese su voluntad. Pasaba muchas horas del día en cama. Yo llegaba del colegio y me iba a su pieza a contarle lo que había aprendido, mostrarle mis pruebas, pedirle que me ayudara con los trabajo o narrarle las anécdotas del curso. Se reía, me acompañaba, pero con un esfuerzo sobrehumano. A veces sólo me miraba.
Han pasado 20 años y lo sigo extrañando. A veces pienso qué pensaría de mí, de lo que soy, qué conversaríamos. Tengo algunas certezas. Seguiríamos peleando porque yo soy de Colo Colo y él de Everton ("lo peor que me podía pasar es tener un hijo colocolino", me decía, aunque afortunadamente alcanzó a ver cuando levantamos la Copa Libertadores en 1991...y lo vi celebrar!!). Me seguiría repitiendo eso de respetar a las mujeres, a tu mamá, tus hermanas (la última vez que me pegó fue por hacer un chiste feo de mis hermanas). Me hablaría sobre tener siempre conciencia social. Sé que los fin de semanas me pediría ayuda para levantar el capó de su auto y arreglar desperfectos inexistentes. Sé que me hablaría mucho de Dios y todo lo que hizo en su vida. Y sé que seguiría esforzándose para que su hijo se convirtiera en un hombre de bien. Espero no haberlo decepcionado.
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